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Es una novela (mi primer novela) sobre la vida en el seminario y un poco de la vida de los curas, pero más que nada de lo que creen los curas y los no curas…. algunos extractos iré añadiendo
Lunes 5:45 AM
Al padre Jorge no le gustaban los despertadores. Por orgullo y vanidad los rechazaba, por costumbre no los necesitaba. Trece años de levantarse diario en el seminario, “llueva o truene”, al toque de las tres campanadas de las 5:45, lo habían acostumbrado. Quince años después del seminario seguía la rutina de levantarse todos los días, “llueva o truene”, a la misma hora.
“Nos programaron en el seminario”, solía decir con un mal fingido tono de queja, al comentar que no podía dormir ni quedarse en la cama más allá de esa hora. Su fingida queja era la forma de presumir de su diario madrugar. “El que no se levanta con entusiasmo cada día, es porque no tiene metas que alcanzar; es el que no lleva una dirección determinada en su vida; es el que no sabe vivir, o no quiere vivir.”. Lo había dicho hacía muchos años con la convicción del que quiere convencerse a sí mismo, cuando estudiaba filosofía en el seminario y criticaba a algunos de sus compañeros que ya no se levantaban a las tres campanadas; aquellos que ya nomás llegaban a la hora del desayuno con los ojos hinchados y el pelo remojado, sin asistir a primeras oraciones, sin hacer la media hora de meditación diaria y sin asistir a la santa misa. “Intelectuales-existencialistas-güevones”. Lo que había dicho entonces lo seguía viviendo por tradición, por rutina y un poco por convicción.
Después del seminario casi siempre durmió cerca de relojes de campanario, cosa que un día de repente no encontró muy agradable. “La pinche campana rigió nuestras vidas durante todo el seminario. Desde las tres campanadas del levanto en la mañana hasta las tres del “gran silencio” por la noche, era un sonar de la campana todo el día: campana, para el desayuno, campana para el estudio, para la clase, para el recreo, para la comida, para la siesta, para el rosario, a todas horas regidos por la campana, como los borregos. Y cuando yo pensaba que ya me había liberado, sigue jodiendo y ahora campanas más grandes pa’cabarla” Le había dicho una vez el padre Esparza y como si nomás faltara que alguien se lo dijera, Jorge tomó conciencia del hecho y desde entonces le empezaron a molestar las campanas. Cuando llegó a San Francisco descubrió que acababan de cambiar un reloj viejo del campanario por uno nuevo que se podía programar para que no sonara por la noche. Al reloj viejo, después de haber sido puntual por más de cincuenta años, le había dado por hacer las horas a su antojo, desde 40 hasta 120 minutos y traía a todo el pueblo descontrolado, por eso lo cambiaron, aunque mucha gente consentía al viejo y le perdonaban sus locuras. Cuando alguien preguntaba la hora, la respuesta empezaba con otra pregunta: “¿Según la iglesia o según el gobierno?”, Porque en la fachada de la presidencia había también un reloj de buen tamaño, que no sonaba las horas y que nunca quiso ir a tiempo con el reloj del templo. Algunas de los viejos preguntaban también: “¿Cuál hora sigues, la de los cristeros o la de los pelones?” . Más de una semana duró el padre Jorge leyendo manuales e intentando de un modo y otro, hasta que logró programar el reloj nuevo, pero no llamó a los técnicos; Así era él y así había arruinado varios aparatos, pero no se le quitaba la maña. Durante poco más de un mes el reloj guardó silencio desde las once de la noche hasta las cinco de la mañana, pero las quejas de la gente empezaron desde el primer día. Algunos decían que los niños lloraban más si no oían las campanas cada cuarto de hora, otros que las vacas daban menos leche y hasta algunos afirmaban que su virilidad se veía reducida sin las campanadas de los cuartos de hora.
―Se lo puedo comprobar con los pelos en la mano, padre.
―No seas desvergonzado, al Señor Cura se le respeta.
―Como si no me oyera cada mes cosas peores en el confesionario
Al padre Jorge no le quedó más remedio que volver el reloj a su estado original, en parte porque él mismo extrañaba las campanadas y hasta le parecía oír por la noche las campanadas fantasmas de los cuartos de hora. Pero aún sin las campanadas, y aunque anduviera de viaje, todos los días a las 5:45 de la mañana ya estaban en pie. Aunque se presentaran las oportunidades y le llegaran esas ganas de abandonarse a la pereza y simplemente quedarse en la cama un rato más, aunque fueran esos cinco minutos que toda persona normal encuentra difícil de negarse, y a los que cualquier fiel cristiano tiene derecho de vez en cuando, sentía que tenía que ser consecuente con lo que predicaba y con lo que tanto presumía. “El orgullo me levanta…” Le brotaba en la cabeza esa tonada algunas mañanas, pero no caía en la tentación de hacerle caso; nunca admitiría que el orgullo tenía que ver algo con su madrugar. Sólo el que no lo conociera bien le podía creer que no hubiera orgullo tanto en su madrugar como en su presumir. Contaba cómo desde el primer día de su primer destino, cuando una solícita hermana de Don Saturnino, su primer párroco, le colocó, sin preguntarle, un despertador en su mesa de noche; En el mismo momento en que descubrió el despertador, sin importarle que ya fuera noche y que la venerable señorita ya estuviera recogida fue y le tocó a su cuarto para decirle, con mal disimulado reproche, que él no necesitaba despertador para levantarse a tiempo. Se echó el compromiso y lo seguía cumpliendo.